Durante la terapia individual la terapeuta me preguntó cómo me sentía. Le relaté que en el diplomado otros habían ya golpeado con la raqueta y eso me había impresionado mucho. Me explicó que eso era para sacar enojo y que era algo muy efectivo. Yo seguía empecinada en que no sentía enojo alguno, y menos en esa sesión, pues se acercaba un viaje muy largo con mi pareja que me emocionaba mucho. Por ende, en ese momento dije que "me sentía feliz". La terapeuta entonces, me invitó a
expresar mis emociones positivas de ese momento, dando golpes sobre unos
cojines, con un tubo de plástico rígido.
La sensación antes de iniciar fue vertiginosa, ¿qué pasaría si me veía ridícula? Finalmente me
obligué a hacerlo. Mientras exclamaba mi
felicidad gritando "¡soy feliz!!" y golpeaba, pasó por mi mente un pensamiento relámpago: “¿y si no
estuviera golpeando de felicidad?”. Fue
brevísimo y no lo comenté en ese momento.
Mi sensación ante el pensamiento fue de un miedo muy grande, como si se
revelara un secreto terrible. Terrible,
pero no fatal.
Terminó la sesión y
durante pocos días después de este primer ejercicio de golpes interactué con la
realidad de una manera completamente diferente (y muy placentera): mi mente se
había silenciado y mi cuerpo percibía las sensaciones acentuadas y vibrantes,
como bajo el efecto de una droga. Este
efecto desapareció con los días y mi mente retomó el terreno.
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