viernes, 10 de enero de 2014

La máscara

En terapia grupal, realizamos un ejercicio dónde se pretendía develar la máscara que usamos.  Para ello, plasmamos en una cartulina una imagen o recorte de revista que simbolizara cómo nos gustaría que los demás nos vieran.  Caminamos con nuestra cartulina por el salón, y al encontrar otro compañero, le decíamos: “Así quiero que me veas, y si no me ves así, me enojo, y cuando me enojo _______.”, y debíamos completar la frase.  Me di cuenta que yo plasmé en mi cartulina lo que veo como mi parte más evolucionada, luminosa, según yo, ésa no era mi máscara, era algo genuino.  

Un tiempo después identifiqué otras características, más mimetizadas en mí, tanto, que a veces ya ni las noto, que sí son parte de mi bien pegada máscara: fuerte, autosuficiente, eficiente, en control.  Éstos son los atributos que uso para protegerme del mundo, y los que me causa mucho malestar que se descubran como falsos.  ¿Pero dónde estaba quedando la parte del enojo?  Me costó mucho completar la oración.  Aún no conectaba con un enojo reprimido profundo.  Pero lo que sí podía ver claramente era otra emoción negativa y poderosa: el miedo.

De las máscaras “amor”, “poder” y “serenidad” me identifiqué con el amor y la serenidad principalmente.  De los patrones negativos “yo soy mejor” (orgullo), “tiene que ser como yo digo” (voluntarismo) y “sólo yo lo hago bien” (confianza), me identifiqué con el voluntarismo.  Durante ese módulo identifiqué mi máscara como el amor – serenidad, y mi ser inferior como el miedo.  Sin embargo, los ejercicios me seguían pareciendo inútiles, hasta quizá dañinos, e innecesarios.

Durante el tercer módulo me agradó que estudiáramos un poco la teoría.  No me agradaba el hecho de realizar los ejercicios y posteriormente no comprender qué se había intentado lograr con ellos, cómo se estructuraban, etc. (mi afán de control, probablemente).  En la lectura que nos tocó presentar, Keleman, me pareció sumamente interesante cómo el cuerpo reaccionaba, desde su nivel celular o inferior, a los estímulos exteriores, guardando en una memoria corporal todas las experiencias desde la gestación e incluyendo la infancia.  El cuerpo, entonces, no miente, pensé.  Si hay cosas que yo no logro sacar, mi cuerpo lo dirá por mí.  Recordemos que el cuerpo nunca miente, en su forma, constitución, postura, movimiento, etc.

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