En terapia grupal, realizamos un ejercicio dónde se pretendía develar la máscara que usamos. Para ello, plasmamos en una cartulina una imagen o recorte de revista que simbolizara cómo nos gustaría que los demás nos vieran. Caminamos con nuestra cartulina por el salón, y al encontrar otro compañero, le decíamos: “Así quiero que me veas, y si no me ves así, me enojo, y cuando me
enojo _______.”, y debíamos completar la frase. Me di cuenta que yo plasmé en mi cartulina lo que veo como mi
parte más evolucionada, luminosa, según yo, ésa no era mi máscara, era algo genuino.
Un tiempo después identifiqué otras características, más mimetizadas en mí, tanto, que a veces ya ni las noto, que sí son parte de mi bien pegada máscara: fuerte, autosuficiente, eficiente, en control. Éstos son los atributos que uso para protegerme del mundo, y los que me causa mucho malestar que se descubran como falsos. ¿Pero dónde estaba quedando la parte del enojo? Me costó mucho completar la oración. Aún no conectaba con un enojo reprimido profundo. Pero lo que sí podía ver claramente era otra emoción negativa y poderosa: el miedo.
Un tiempo después identifiqué otras características, más mimetizadas en mí, tanto, que a veces ya ni las noto, que sí son parte de mi bien pegada máscara: fuerte, autosuficiente, eficiente, en control. Éstos son los atributos que uso para protegerme del mundo, y los que me causa mucho malestar que se descubran como falsos. ¿Pero dónde estaba quedando la parte del enojo? Me costó mucho completar la oración. Aún no conectaba con un enojo reprimido profundo. Pero lo que sí podía ver claramente era otra emoción negativa y poderosa: el miedo.
De las
máscaras “amor”, “poder” y “serenidad” me identifiqué con el amor y la
serenidad principalmente. De los
patrones negativos “yo soy mejor” (orgullo), “tiene que ser como yo digo”
(voluntarismo) y “sólo yo lo hago bien” (confianza), me identifiqué con el
voluntarismo. Durante ese módulo
identifiqué mi máscara como el amor – serenidad, y mi ser inferior como el
miedo. Sin embargo, los ejercicios me
seguían pareciendo inútiles, hasta quizá dañinos, e innecesarios.
Durante el
tercer módulo me agradó que estudiáramos un poco la teoría. No me agradaba el hecho de realizar los
ejercicios y posteriormente no comprender qué se había intentado lograr con
ellos, cómo se estructuraban, etc. (mi afán de control, probablemente). En la
lectura que nos tocó presentar, Keleman, me pareció sumamente interesante cómo
el cuerpo reaccionaba, desde su nivel celular o inferior, a los estímulos
exteriores, guardando en una memoria corporal todas las experiencias desde la
gestación e incluyendo la infancia. El
cuerpo, entonces, no miente, pensé. Si hay cosas que yo no logro sacar, mi cuerpo lo dirá por mí. Recordemos que el cuerpo nunca miente, en su forma, constitución, postura, movimiento, etc.
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