Durante el ejercicio de comportarnos como niños que se enojan, y un compañero tomar el papel de nuestros padres que no nos permiten enojarnos, contacté con las emociones depresivas de agotamiento (por sostener la máscara de todo-poderosa) e impotencia (por no sentirme libre). La emoción llegó lentamente a mi cuerpo, después de golpear con un cojín el suelo en repetidas ocasiones y repetir "ya no quiero, estoy agotada". Sentí la agobiante tristeza de ya no poder más, de estar completamente rendida y sentir que nada tiene remedio: la depresión. Empecé a llorar profusamente, pero frustrada, sin alivio. La facilitadora me provocó con un "¡salte del drama!", que me irritó, aunque no pude expresar esta irritación.
Después, dos compañeros tomaron el lugar de mis padres frente a mí. La facilitadora me sugirió una frase para mis padres: “prefiero morirme a no cumplir con sus expectativas”. Lo dije sumida en un llanto muy profundo y desgarrador, pero aún un llanto lleno de lástima hacia mí misma y hacia "lo que no pudo ser" (más tarde aprendería que esta sensación de lástima y "tristeza" es en realidad un gran enojo que no se expresa explosivamente, sino destructivamente y silenciosamente). Esta frase me impactó fuertemente. Ésa era la esencia de mi depresión. Durante este ejercicio me sentí muy vulnerable y me molestaron un par de comentarios de la facilitadora también. No me sentí enojada, me sentí ofendida. Sólo posteriormente me di cuenta de que mecánicamente reprimía mi enojo bajo la tristeza o depresión. Prefería ser la víctima, a ser la mala del cuento.
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