Los módulos del diplomado me dejaban cada vez más confundida y no sintiéndome bien precisamente. Pensé que era urgente encontrar terapia individual y que alguien me ayudara a comprender qué estaba pasando, qué era todo esto de la terapia psicocorporal. Encontré una terapeuta mujer cerca de dónde vivo. Hice con ella una cita y me cayó muy bien al conocerla. Una mujer atractiva, segura, clara y directa. Me pareció muy inteligente.
Al relatarle el desarrollo del diplomado hasta ese
momento, la terapeuta -además de escucharme pacientemente- me hizo caer en cuenta que, durante la última sesión del
diplomado, yo no había sido capaz de expresar mi inconformidad, de decir a la
facilitadora “eso que estás diciendo me molesta”, no fui capaz de expresar mi
enojo. También me dijo que para ella
era esencial que la relación cliente-terapeuta fluyera de tal forma que yo
pudiera expresarme con libertad y confianza durante la terapia. Las sensaciones de estar en un lugar pequeño, cerrrado, contenida, con una
sola persona, para escudriñar mi ser inferior me parecieron más agradables que
las de los ejercicios del diplomado, sin embargo, aún me parecía que si yo
“estallaba” en golpes, gritos, o llanto, me vería ridícula, débil, deficiente,
etc.
La terapeuta
me invitó a notar en mi cuerpo las sensaciones que se presentaban cuando
mencionaba a algún hecho particular como éste último.
Pude entonces notar que sentía un profundo miedo, que hacía mi corazón
latir más rápido y mi respiración acortarse, simplemente al hablar de ciertos eventos/personas. Mi cuerpo expresaba cosas que yo no lograba
decir. Mi discurso y mis sensaciones no
eran concordantes. Mi discurso sostenía
mi máscara.
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