Durante los primeros tres módulos del diplomado que curso sentí que no podía involucrarme con las dinámicas y los temas al 100%. Me costó realizar los ejercicios y creer que se estaba haciendo algo útil o productivo, o que serviría para algo, o que revelaría algo, porque lo que resultaba de los ejercicios me dolía emocionalmente (¡y a veces también físicamente!). Veía a la gente llorar y gritar, pegar, desvanecerse en el piso, y todo esto me parecía extraño y que yo no tendría la "necesidad" de experimentar algo así.
Durante mi infancia, recuerdo que no me estaba permitido hacer aspavientos, levantar la voz, enojarme o reclamar algo. Todo esto era para mí "prohibido", "censurado", y aquellos niños/personas que mostraran esta conducta eran desacreditados por mis padres. Así fui construyendo una aversión al conflicto, al enojo, al reclamo. Sin embargo, ese enojo se fue reprimiendo dentro de mí, no se fue "solucionando", como yo quería creer.
Durante el primer módulo dibujamos una silueta de nuestro cuerpo completo y relatamos nuestra historia en ella. Al momento de intercambiar con el grupo, se me dijo que de pequeña seguramente no se me había permitido expresar el enojo. Esto me sonó totalmente nuevo. Jamás me imaginé que esto fuera para mí “un problema”. “Pero no me siento enojada, me siento feliz”, fue lo que respondí en varias ocasiones, “todo se ha ido resolviendo en mi vida”, “acepto mi vida tal cual es”, “estoy conociéndome más a mí misma y avanzando en los temas que me apasionan”. Éstas eran las respuestas que se me ocurrían.
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